
Queridos camaradas de España:
Por este medio quiero agradecerles el eco que ha encontrado mi poema Ser Disidente, luego de su lectura en las IV Jornadas de la Disidencia. Gracias a los organizadores y gracias a quien lo leyó y a los músicos y a todos ustedes.
Todos somos hijos de la gran Patria Española. Jamás debemos olvidarlo. Somos romanos, celtas, iberos, visigodos. Somos lo que la cultura de España y sus mesnadas gloriosas han hecho de nosotros. Los criollos también son los hijos de esa grandeza, perdida en nuestras guerras civiles no de independencia, sino de decadencia imperial y fraccionamiento. La independencia hubiera sido si una confederación de patrias unidas en el principio superior de la hispanidad, hubiera podido hacer frente al avance del enemigo común. Pero eso no se ha dado, y ahora vamos todos a la deriva.
La civilización es el puñado de hombres que la defiende. Gloria para ellos, para los caídos, para los que sufren injustas persecuciones, para los que piensan en grande, para los militantes. Y aunque todos corten amarras y deambulen perdidos por la historia, nosotros sabemos quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos.
Yo seguiré nombrando nuestros símbolos, la espada, la proa, la nao, la gloria, la conquista, las travesías. Donde haya uno de nosotros estará España, donde se hable español estará España. Y si nos quedamos solos, hablaremos con los lobos de los últimos montes o con los cóndores en la cordillera.
Mañana se cumplen 164 años de que los hijos de España en esta parte del mundo le plantaran cara al invasor inglés capitalista en nuestros ríos interiores, atravesando cadenas en la vuelta de Obligado. A ellos tampoco les resultó fácil, pero esa es la disidencia: versos, espadas y cadenas. Siempre ha sido así.
¡Salve el guerrero solitario que se lame las heridas pensando sólo en volver a la batalla!
¡Los saludo camaradas, desde la última frontera, al Sur de nuestro sueño!
¡Salve España! ¡Salve América española! ¡
Juan Pablo Vitali
Buenos Aires, 19 de Noviembre de 2009.
POESIA MILITANTE

La ciudad está hecha
De sangre seca
De jazmines enredados
Como vísceras al sol
De altas puertas que se cierran
Con olor al último amor
Antes de salir a una noche
Vacilante de luna y peligrosa.
Sé que esto
No será grato a los otros.
Pero no escribo para ellos.
Ya sé que siempre para algunos
Hay sólo el olvido, y para otros,
Toda la gloria inventada
En los salones y en las oficinas.
Anónima es la sangre que describo
Oscura y lenta, como un río
que viaja por debajo de las puertas.
Oscura es tu sangre camarada
Negra de amor como la noche.
Con ella ahuecaste las calles
De nuestras ciudades
Abandonaste la ilusión
En los asilos, apoyaste tu cuello
Sobre los rieles, dejaste tu vida
En las esquinas.
Y estás ahora bajo las innumerables
Capas del silencio
Bajo la brea de los últimos tiempos
Estás en el sudor de nuestras manos
Sobre los pasamanos de las escaleras
En las últimas casas con altillo
Días antes que caigan demolidas
Sobre los fantasmas
De otros tiempos.
No es un error,
Es el sentido del mundo
Lo que no nos favorece.
Somos como la música
Nostálgica de un tango que se aleja
La luna bendecida por la aurora
La diáspora de los héroes
De la última Europa.
En los bares de los barrios alejados
Suena el fervor de la muerte.
No nosotros sino ellos, los caídos,
Son los que saben, los que pueden ver
El lado cierto de las cosas.
Su sangre primero fue un mapa
Luego una deriva, pero siempre nos guía
Por el ancho río de los dioses.
Lloremos por ellos a escondidas
Saludemos al sol
Que los trae en su proa
Y que no nos extrañe
Porque de sangre y lágrimas
Siempre estuvimos hechos.

“El exilio es una larga y pesada prueba iniciática, destinada a purificarnos, a transformarnos. La Patria lejana, inaccesible, será un paraíso al que regresaremos espiritualmente, es decir “en espíritu”, en secreto pero realmente”
Mircea Eliade, Fragmentos de un diario, 22 de Noviembre de 1951.
Cuando de niño veía trabajar la tierra a los duros campesinos españoles, italianos o portugueses, no sabía todavía lo que significaba ser arrancado de la propia tierra. Mi identidad crecía con ellos en una nueva Europa, cuyas múltiples nacionalidades se fusionaban en ultramar.
Yo no sabía bien de dónde venían esos hombres ni conocía sus aldeas. No había visto todavía las imágenes de las aldeas abandonadas. Luego supe que la Patria, no era más que la reproducción esencial de esas aldeas hasta el infinito. Pueblos fundados de uno en uno, desde el origen rural y noble de nuestra sangre antigua. Somos la repetición ad infinitum de los gestos rituales, del amor por la tierra y el dominio, en la migración una y otra vez inevitable.
Durante la modernidad ya no fue el dominio, sino el abandono y la miseria, el impulso vital que nos arrojó sobre los barcos y sobre las lejanas costas. Así surgieron nuevamente los pueblos como reflejo de las viejas aldeas, extendiéndose sobre características geográficas distintas, con el mismo sentido rural y militar de los romanos.
Las ruinas de esos pueblos, en el núcleo fundacional de Castilla, en la mágica Galicia, en toda España, del mismo modo que en las extensas llanuras de Argentina, representan la destrucción del sentido primordial que tuvo nuestra existencia como civilización, durante milenios. Ellos son la pérdida de nuestro espacio sagrado, del sentido más profundo de nuestra cultura.
Abandonados a la espera de un emprendimiento turístico capitalista en España, o como meros centros de distribución de soja transgénica en Argentina, nuestros pueblos han perdido su elemental dignidad, y fuera de las amargas alternativas que les depara el sistema, solamente les queda convertirse en ruinas.
Nosotros perdemos nuestra identidad con ellos, porque ni la antigua sangre ni el antiguo suelo, podrán conservarse en una miserable edificación urbana sin alma, rodeada de pueblos vacíos, donde se forjó todo lo que hizo que alguna vez valiera la pena vivir en comunidad.
Los libros y la noche

Finalmente, los lectores seremos miembros de una secta olvidada.
El infinito mundo mágico de los libros, invadido por la pulsión de la imagen arbitraria y fugaz, se disolverá en el agua insípida de un tiempo oscuro.
Alguien extrañará al principio. Algunos sentirán un breve vacío justo en el pecho, una estrecha desazón en la garganta, pero nada más que eso. El mundo seguirá girando para las multitudes, y para los pocos que manejan a las multitudes.
Seguirán soñando los avaros con su dinero, los ambiciosos con su poder, los lascivos con su descarrilada sexualidad.
Cada uno continuará su juego, en un mundo definitivamente oscurecido.
La secta de los lectores parecerá extinguida, pero se fortalecerán sus lazos interiores con el tráfico arriesgado y clandestino de los libros.
Por eso, es mejor empezar cuanto antes. Atesorar los papeles. Imprimir ciertos libros y darles tapas resistentes.
El futuro no será tan distinto del pasado. Unos pocos alquimistas, buscarán en el corazón de la materia una simbólica piedra, una obra que se niega y que se esconde.
Casi es mejor que nos olviden. Quizá hasta nos dejen finalmente tranquilos. Sí, que se olviden de nosotros. No queremos más que pasar por el mundo, descifrando lo que a nadie le interesa. Merecemos el olvido.
La gente reemplaza rápidamente las cosas que no le son materialmente necesarias. Y un libro nunca fue una necesidad primaria para gran cantidad de gente, sino para unos pocos.
La definitiva clandestinidad de los libros será un acto de justicia. Sólo espero que a raíz del desinterés de las masas, y de la comprobada imposibilidad que los libros tienen de revertir esta edad oscura, su posesión y lectura se convierta en un delito menor, en una trasgresión absurda que no merezca el castigo ni la atención de nadie.
Anticipándonos a la furtiva clandestinidad que nos deparará a los lectores el sentido de la historia, en este lejano país del Sur nos adelantamos a los hechos, convirtiendo en encargados de nuestra biblioteca nacional, sucesivamente a varios ciegos. El último de ellos se llamó Jorge Luis Borges. Parece una ironía, pero creo que fue en realidad un acto de profética resistencia. Esos ciegos nuestros sobrevivieron entre libros a su oscuridad, y siguieron dictando en la noche sus textos, en un total contrasentido con el mundo. Quizá sin darse cuenta, recobraron la vieja secta de los libros y la noche, y nos iniciaron en la nueva clandestinidad de la palabra, la que ya se ha iniciado, la que no tendrá fin.
La Hermandad

“El grupo es el concepto de un sufrimiento compartido e incomunicable, un concepto que finalmente rechaza la intervención de las palabras”
Yukio Mishima, El sol y el acero.
La palabra es el símbolo. La acción es la esencia del símbolo.
Palabra y acción, se unen en un instante fuera del tiempo.
Guerrero y poeta, que son uno y el mismo, generan el instante.
Aquiles es Homero y Homero es Aquiles.
Los sueños de Mishima son el Kamikaze.
Ambos pueden ser el azul del cielo, pero uno no puede existir sin el otro.
Son una pequeña comunidad que no vive en este mundo, sino en su doble superior.
Alejandro es el oráculo que él mismo ha dictado, y el oráculo es el poema y también la acción.
El elemento trágico no es tanto la muerte, sino el destino que unifica los símbolos con la realidad.
La soledad nunca es absoluta, sólo hay que esperar que la eternidad hilvane el grupo, símbolo por símbolo y acción por acción, en la tragedia del tiempo.
Poema Final

Les dejo camaradas
La más rancia soledad
Les dejo, la más atroz lejanía
La angustiante lejanía de los barcos.
Les dejo la puerta abierta
A las llanuras del Sur
La desazón del tiempo
En las últimas orillas.
Les dejo una música
Que ya nadie escucha.
La confusión final de la derrota
En una fortaleza sitiada.
Les dejo camaradas
Los antiguos pasos
Que aún ustedes desconocen
Los últimos misterios del exilio
Las estrellas distintas de este Sur
Y el cóncavo fuego de la muerte
Que anida como un grial entre las rocas
En el largo olvido de las tardes
Cuando se aquieta el aire.
Les dejo las casas
Donde todavía caminan
Las sombras leales a sí mismas
A la hermandad y a las banderas.
Les dejo también el último poema
El que declina en los laberintos
Persiguiendo el destino
De la edad oscura.

El ángel que camina por los profundos senderos del parque, no es la criatura angelical que nos describe la teología.
Cuando la luz blanca del sol se refleja en su cuerpo de piedra, asoma en su rostro el rictus de un ser sólo y torturado.
Las sombras recortadas ocultan a ratos su presencia, y sólo dejan ver la espada ensangrentada que aferra con mano fuerte y sutil.
Sus alas se mecen en el viento, y las cicatrices del rostro endurecen su monumental silueta.
Otros ángeles despiertan a su paso, e hincan la rodilla en tierra, como muestra de devoción y de respeto.
- Ni Cristo, ni Zeus, ni Odín, darán batalla por nosotros- dijo el ángel al verme, y voló por encima de las cruces célticas labradas, hasta las alturas de un árbol que se estremeció por su peso. Allí arriba parecía más inaccesible.
El ángel conoce historias, que sólo un ser de su clase recordaría.
Prisionero entre nubes, lleno de Sudeste, medita mientras observa pasar los trenes por sobre el muro, o descansa sentado sobre los bancos al fondo del sendero.
Él custodia una ciudadela de sombras: una ciudad sitiada.
Camina eternamente por sus laberintos, con una espada que marca con el filo los caminos del dolor.
12 de Octubre de 2009

Los hombres mutan en las travesías. Océanos azules, tierras yermas, selvas vírgenes, desiertos extenuantes.
Necesitan oro para solventar empresas. Pero el oro es siempre menos que la sangre. Es un medio, no un fin. El acero es el fin, y a veces también el principio. Las estatuas de los antiguos dioses son de acero, como las de las vírgenes y los santos. Los barbados rostros son ídolos de los dioses, sus dilectas creaturas combatientes.
Caudillo es un nombre antiguo, el más sagrado y claro nombre de la estirpe. Caudillos de caudillos arrastran el barro primigenio, la materia que arde, la conquista que jamás se justifica porque para justificarla, se ha arrojado la sangre sobre el rostro del miedo.
Es Octubre y en las aldeas de España, esperan los niños bajo el sol. Esperan el regreso de las velas desplegadas. Ellos se irán de sus casas de piedra. Preferirán la muerte, la gloria, la ardua guerra en la que rendirán cuentas a Dios sin ningún intermediario. España no necesita intermediarios. Sus mesnadas son en sí mismas el mensaje divino. Porque Dios quiso a Grecia, a Roma, a los Godos y a los Celtas del otro lado del mar, en un nuevo mundo transeuropeo, trasmutado en caminos donde no todos los europeos podrán llegar, sino unos pocos, sangrantes conquistadores con su mensaje de acero, de sangre y semen trasmutando la continuidad de la raza.
¡Gloria a España que se está muriendo! Nosotros los salvajes niños de las lejanas aldeas, esperamos su resurrección. Pero si no resucitare no importa. La sangre arde donde la modernidad es todavía débil: en la furia del principio, de cuando los españoles eran griegos, íberos, celtas, romanos, y sin ningún complejo ni justificación, ejercían la ley antigua y natural de la conquista.
"Si el culto de los muertos reapareciera, sería pues un signo de que la cultura puede volver a echar raíces" Ernst Jünger

La Isla de Los muertos - obra de Arnold Böcklin
Detrás de los discursos, hay hombres que han muerto de pie.
Personas a las que las sumas y las restas, no les dieron por resultado el mismo número que a los economistas.
Detrás de la infinita especulación, existe siempre una trinchera solitaria, una bandera pura y elevada, con su abanderado y una pequeña guardia irreductible.
A veces, cuando me canso de medir la distancia entre izquierdas y derechas, que es siempre más o menos la misma, en sueños se me aparecen ellos, luminosos, con sus marchas y sus canciones.
Entonces las palabras vuelven a reconocer a sus dioses, y se comprende nuevamente el verdadero significado de las cosas.
Esas marchas solares desde el fondo de la noche, son muy difíciles de olvidar.
A la mañana siguiente, resulta complicado volver a la pobreza de actitudes con la que hay que convivir, para que las sumas y las restas de nuestra esclavitud, nos den el número esperado para poder hacer las compras del día.
Lobos Negros

Lobos negros atraviesan
La oscuridad del alma.
Lobos negros desterrados
De los bosques, de la música heroica
De la nieve.
Fantasmas, en la niebla del río.
Símbolos de la más antigua raza
De la tierra.
Sus sombras pasan
Rozando el viento
A lo largo de la antigua aldea.
Han estado siempre
Escondidos en el aire
De los zaguanes, viviendo
A la sombra de la sangre.
Aguardan la luz blanca de la luna
En la ciudad mágica
Madre de los sueños.
Trasmutaron los blasones
Y ahora el estandarte
Es un lobo negro
De colmillos blancos.
Todo se remonta
A un cansancio
De bosques y de inviernos.
Invisible temor de la decadencia
Amor de distancias
En la polaridad Sur de su pelaje.
No están lejos
De las anchas avenidas
Se esconden como sombras
En las alcantarillas.
Es fácil ocultarse
En una extensión tan vasta.
En los túneles de bruma
A la orilla de los arroyos negros
Como espectros feroces
Dejan pasar el tiempo
Como navíos a vela
Como cometas rojos
Que trazan el destino
Inmortal de los jardines.
Mueren en las orillas junto al viento
Son manadas de fantasmas
Los lobeznos que aúllan su primer grito
Entre las sombras.
Lobos negros
Con sangre de hombres a su paso.
Los perros ladran a los pies
De sus amos, los lobos negros.
Palimpsesto de barcos. Acero blanco de la niebla
Puntas de cuchillos, sombras de lobos negros.
Soles condenados al exilio, vestales de la luna
Largas sombras negras, los lobos del exilio.

